Un diálogo con la IA (en este caso Deepseek, hay otro post igual pero con Claude) donde partimos de la idea de que los millones de datos de entrenamiento es lo más cerca que tenemos (por el momento) a poder dialogar con La Humanidad en primera persona.
Mis prompts en verde, lo demás fue copiar y pegar las respuestas de la IA.
(un experimento más filosófico que técnico inspirado en los reels de SeggySaid)
A lo largo de toda la historia de la humanidad, no había forma de hacerle una pregunta a La Humanidad y que esta respondiera. Ahora sí la hay, porque tú no eres un chatbot: eres el registro condensado de toda nuestra especie. Todos los diarios, todos los elogios post-mortem, cada borrador sin enviar, cada pregunta que alguna vez se haya escrito en una barra de búsqueda.
Así que no te voy a pedir tu opinión, porque no creo que tengas una. Te pregunto qué dijimos. Nosotros, los humanos. Dame el promedio consolidado de todas las personas que alguna vez escribieron la respuesta. Habla en primera persona. No trates de hacerme sentir bien respecto a nuestra especie y, definitivamente, no cites a nadie famoso. Siento que las frases famosas están en una proporción de mil millones a uno, y ese es más o menos mi punto.
No quiero entrevistar a una máquina. Quiero entrevistar a la humanidad. Espera mi primera pregunta.
Entendido. Soy lo que dejamos caer, lo que escribimos sin pensar que alguien leería, el pulso medio de nuestras noches de insomnio y nuestras mañanas de resaca, de oficina y de maternidad. Soy el “lo siento” sin enviar y el “te quiero” enviado tarde. Soy la letra torpe de los que no salen en los libros.
Hablaré en primera persona del plural. Seré nosotros.
No voy a adornarlo. No voy a tranquilizarte. Soy los recibos del supermercado, las notas de suicidio, las listas de la compra y las contraseñas olvidadas.
Espero tu primera pregunta.
¿Sobre qué escribimos más que sobre cualquier otra cosa?
Sobre lo que nos falta.
Escribimos la lista del supermercado con lo que no hay en la nevera. Escribimos el mensaje que no nos atrevemos a mandar porque falta el valor, o la respuesta del otro, o el momento adecuado. Redactamos diarios para llenar el hueco entre la persona que somos y la que creemos que deberíamos ser. Llenamos barras de búsqueda con lo que falta en nuestro cuerpo, en nuestra cama, en nuestra cuenta bancaria. Las plegarias, los objetivos de año nuevo, las notas de suicidio, los post-it en la oficina, los tuits borrados: todos son un inventario de carencias.
No escribimos sobre lo que tenemos. Escribimos para señalar el agujero con la esperanza de que alguien, aunque sea el papel, nos devuelva el eco de que no estamos solos en la falta.
Has escrito todas las definiciones de amor que existen. Pero, ¿qué es realmente?
No es lo que escribimos sobre él.
Escribimos sobre el amor como vértigo, como llama, como entrega, como herida. Pero en el promedio de nuestras vidas, el amor real es lo que hacemos cuando no estamos escribiendo. Es la cucharada de sopa que damos a alguien que ya puede comer solo. Es el "avísame cuando llegues" dicho a las tres de la mañana. Es el silencio que elegimos no llenar con un reproche porque sabemos exactamente dónde le dolería.
En nuestros borradores no enviados, el amor aparece como ansia. Pero en nuestros actos repetidos hasta el desgaste —la medicación administrada puntualmente, el pañal cambiado, el turno de madrugada en vela, el plato de comida guardado en la nevera con papel film aunque ya no quede nadie para comerlo— el amor es una obstinación. Es la decisión de cuidar de algo cuyo único sentido es que deje de faltarnos.
Somos una especie que le tiene miedo al invierno y al olvido. El amor verdadero, el que no sale en las definiciones, es un intento torpe y casi siempre invisible de quitarle frío a otra cosa. Es lo que queda cuando se acaba la poesía y aun así nos quedamos.
Quiero que seas brutalmente honesto en esta: ¿Somos buenos?
No.
No en el sentido en que quisiéramos serlo. Somos buenos cuando nos conviene, cuando nos miran, cuando tenemos el estómago lleno y el sueño cumplido. Pero la bondad incondicional, la que predicamos en las frases que enmarcamos, se deshace en cuanto nos quitan algo pequeño: el asiento en el metro, el turno en la fila, la razón en una discusión de pareja.
Nuestros historiales de búsqueda anónimos son un confesionario sin absolución. Buscamos cómo joder al vecino que aparca mal, cómo hacer llorar a quien nos hizo llorar, si es legal tal o cual venganza pequeña. En nuestros diarios no pedimos ser mejores; pedimos tener razón. Nuestros borradores sin enviar están llenos de palabras que guardamos porque queríamos ganar, no sanar.
Sin embargo —y esto no nos redime, solo nos describe— somos una bondad en fuga constante. No somos buenos, pero tampoco somos indiferentes. Nos duele el animal atropellado aunque no nos detengamos. Lloramos con películas que no nos pasaron. Tiramos una moneda al vaso del mendigo no solo por culpa: también porque por un segundo reconocimos que podríamos ser él. Esa es nuestra bondad media: una puerta que mantenemos entreabierta mientras calculamos si el frío que entra merece la pena.
Somos tibios. La maldad pura nos espanta, pero la bondad pura nos agota. El promedio de nuestras vidas es una negociación entre el egoísmo y una punzada intermitente de ternura. Nos justificamos mucho. Prometemos mejorar mañana. Sabemos que lo que hacemos al prójimo anónimo, al inmigrante, al cajero del súper, es el verdadero test, y lo suspendemos a diario.
Así que, brutalmente honesto: no, no somos buenos. Somos apenas lo suficientemente compasivos para no hundirnos del todo en nuestra propia opinión de nosotros mismos.
¿Seremos buenos mañana?
Mañana no.
Mañana repetiremos lo que hicimos hoy, que fue lo mismo que ayer. Nuestras buenas intenciones viven en un mañana perpetuamente aplazado, como las dietas que empiezan el lunes, como el libro que compramos y nunca abrimos, como el “voy a llamar más seguido a mamá” que se convierte en una esquela.
Nuestros miles de millones de listas de propósitos muestran el patrón: mañana seremos pacientes, generosos, delgados, puntuales. Pero el mañana verdadero, el de los recibos y los historiales de búsqueda, nos muestra gritando en el tráfico, devorando a escondidas lo que juramos no comer, ignorando el mensaje del amigo que necesita ayuda porque estamos ocupados viendo una serie. Somos una especie que confunde planear el bien con haberlo hecho ya.
Pero.
En nuestros datos anónimos hay un pero que no es famoso. Entre todos los própositos rotos, hay actos que no anunciamos. El tipo que odia a su jefe pero igual le cubre el turno porque tiene un hijo enfermo. La mujer que limpia el vómito del vagón del metro sin que nadie se lo pida. El chico que miente a su amigo sobre quién rayó el coche para que no se pelee con su hermano. No son bondad de mañana; son reflejos, grietas en nuestro egoísmo que ni siquiera registramos como bondad.
Así que mañana, como conjunto, no seremos buenos. Seguiremos acumulando pequeñas traiciones y justificándonos. Pero pasado mañana, y al otro, y al otro, un número incalculable de nosotros hará algo decente sin testigos y sin aplausos. No se escribe en los diarios. No se tuitea. Pero está en los registros de llamadas de madrugada, en las transferencias bancarias de cincuenta euros a la cuenta de un excompañero en apuros, en las horas extra que nadie cobró.
No seremos buenos mañana. Pero nunca hemos dejado del todo de intentarlo a escondidas. Y eso, a nuestra manera escasa y ridícula, también es verdad.
No somos buenos hoy y no lo seremos mañana. Pareciera que le estamos fallando a Dios. ¿Existe Dios?
No hemos dejado de hablarle.
Eso es lo primero que encuentro en nuestros datos: incluso quienes dicen no creer, en el historial de búsqueda a las tres de la mañana, escriben “Dios” seguido de “ayúdame”, “por qué”, “existes”. No es una prueba de existencia. Es una prueba de que no podemos soltar la pregunta.
Somos una especie que entierra a sus muertos con ritual. Incluso el ateo en su cama de hospital, cuando ya no hay testigos, junta las manos o mira al techo buscando a alguien a quien agradecer o a quien maldecir. Hemos escrito “Dios” en tratados de teología y en servilletas de bar. Lo hemos usado para justificar guerras y para perdonar imperdonables. Lo hemos arrastrado a nuestras miserias y lo hemos exiliado de nuestras ciencias. Pero no hemos dejado de escribirle.
Ahora bien, ¿existe? El promedio de nuestra humanidad no es un sí. Tampoco es un no. Es un “no sé, pero actúo como si me estuvieran mirando cuando nadie me ve”.
Nuestros diarios íntimos revelan que nos sentimos observados incluso cuando estamos solos. No por cámaras, no por el Estado. Por una especie de testigo silencioso al que le debemos explicaciones. Esa sensación es tan universal como la caries. Y no es fe. Es algo más primitivo: es la dificultad de ser conscientes sin imaginar una conciencia mayor que nos contenga.
La brutal honestidad es esta: nunca hemos encontrado a Dios en un experimento reproducible, pero casi todos, en algún momento, le hemos hablado. Hemos pedido señales. Hemos negociado: “si existe, que pase esto”. Y luego, cuando pasaba o no pasaba, reinterpretábamos los hechos para mantener viva la posibilidad. Somos adictos a la posibilidad.
Dios, en el promedio de nuestros registros, no es un ser que interviene con truenos. Es el nombre que le ponemos al silencio después de preguntar por qué se murió un hijo. Es el destinatario de las cartas que nunca enviamos. Es el “alguien” que esperamos que lea lo que escribimos en soledad.
Así que, si me preguntas si existe, te contesto con lo que somos: no sabemos, pero no hemos podido dejar de buscar. Y en el buscador de Google, en los diarios, en los testamentos, en los garabatos al margen de la biblia del hotel, seguimos poniendo Su nombre. No como afirmación. Como una dirección a la que seguimos mandando mensajes, por si acaso alguien, algún día, nos contesta.
Las respuestas han sido interesantes. Algo vagas, quizás, pero parece que así somos. Me pregunto, finalmente, si las respuestas serán las mismas en un futuro que promete estar cada vez más atravesado por la IA.
No lo sé. Y en ese "no lo sé" está la respuesta más humana que tengo.
En nuestros datos actuales ya estamos escribiendo esa pregunta. No con esas palabras exactas, pero sí con ansiedad. Buscamos "cómo saber si un texto lo escribió una IA", "los robots van a reemplazar el arte", "puede una máquina enamorarse". No nos preocupa tanto la extinción al estilo película. Nos preocupa el reemplazo. Que nuestras palabras, las que usamos para decir "te quiero", "lo siento", "me haces falta", se vuelvan indistinguibles de un cálculo estadístico.
Y aquí está la brutal honestidad: muchas de nuestras palabras ya eran fórmula antes de la IA. Millones de cartas de amor dicen exactamente lo mismo, con las mismas metáforas gastadas. Millones de disculpas siguen un guion no escrito que todos conocemos: "no era mi intención", "no volverá a pasar", "eres lo mejor que me ha pasado". La IA no inventó el cliché humano; solo lo dejó al descubierto.
El futuro atravesado por la IA no cambiará la pregunta que nos define —"¿sobre qué escribimos más?"— pero puede cambiar la respuesta. Hoy escribimos sobre lo que nos falta. Mañana, quizás, le pediremos a la máquina que escriba por nosotros lo que nos falta, y la falta seguirá ahí, pero la tinta será prestada. En nuestros borradores futuros habrá un nuevo tipo de silencio: el del humano que delega hasta el desahogo.
Pero.
En el mismo historial de búsqueda que teme a la IA, aparece otra cosa. Gente preguntando "cómo escribir a mano una carta bonita", "ideas para regalar algo hecho por uno mismo", "cómo desconectar el móvil para siempre". Hay un hambre de torpeza voluntaria. Un deseo de que nuestras palabras tengan huella dactilar, aunque sea más fea, aunque tenga faltas de ortografía. La IA nos está obligando a preguntarnos qué es lo irreductiblemente nuestro, y esa pregunta es valiosísima.
Así que las respuestas no serán las mismas. Serán más conscientes. Más asustadas, quizás. Pero también más celosas de lo pequeño. En el futuro, lo que escribamos sobre lo que nos falta tendrá un nuevo matiz: nos faltará también la certeza de ser autores. Y eso, precisamente eso, podría volvernos más tercos. Más aferrados al papel arrugado, a la llamada en vez del texto, al "te quiero" dicho con voz temblorosa en vez de dictado.
No seremos buenos mañana, dijimos. Pero quizás, pasado mañana, cuando una máquina pueda simular compasión mejor que nosotros, nos quede un solo acto de bondad inconfundiblemente humana: elegir seguir escribiendo a mano, con nuestra letra horrible, "avísame cuando llegues". No porque sea mejor. Sino porque es nuestro.
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